Pedro Sánchez by José María de Pereda — Read

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Mi secretario resultó ser un patriota recién llegado de Filipinas, adonde había ido a parar, a la fuerza, por sus demasiados notorios servicios a la revolución del año 48. No tendría más de treinta de edad, y ya empezaba a encanecer. Era desvaído de cuerpo y de color, algo pitarroso y belfo; y aquí estaba su especialidad, quiero decir, entre los gruesos y mal cerrados labios; y consistía en lo enorme de sus dientes, aunque no muy blancos, sanos, prietos y cabales; y avenidos los de arriba con los de abajo de tal manera, que se los creía capaces de cortar puñales buídos, de una sola dentellada. Iban siempre al descubierto y apenas los sombreaba un bigotejo lacio y desmedrado. Sin caer en la alucinación morbosa de aquel personaje fantástico que veía una idea en cada diente de su adorada, contemplando los de mi secretario había que pensar fatalmente en una panadería, y ver en cada uno de ellos una hogaza triturada. No se concebía el cansancio de aquella máquina, ni la hartura de la sima en que caían sus moliendas.

Por lo demás, era mozo listo, complaciente y, al parecer, muy entendido en los negocios de mi cargo. Fingida o no, manifestaba mucha admiración a los títulos que me habían hecho hombre insigne entre los más conspicuos patriotas al uso.

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