Explore "Pedro Sánchez" by José María de Pereda on Textopian. Read with annotations and highlights.
Entre tanto, mi suegro había aflojado los cordones de su bolsa, no muy repleta, y su mujer cobraba con la necesaria puntualidad una suma que me entregaba después escrupulosamente, y era bastante para pagar el alquiler de la casa. Con esto sólo había desaparecido el peligro de que se renovaran las terribles peloteras de marras: había muy fundadas esperanzas de colocar a Manolo, y Chuncha se desvivía por atendernos y obsequiarnos. Hasta regalaba vestidos a mi mujer y a Pilita. Así me lo afirmó ésta al presentarse un día con uno nuevo. Desde que estábamos caídos, el afecto de la duquesa a sus amigas parecía haberse doblado. Clara andaba algo retraída y salía poco de casa; pero su madre no se apartaba de Chuncha en todo el santo día de Dios. Jamás había visto yo tan separadas a la madre y a la hija; aunque esto no me extrañaba, porque Pilita, con las ocasiones de divertirse que le procuraba su amiga, no podía sujetarse al relativo apartamiento del mundo en que vivía Clara; la cual alegaba por razones de ello, ante su madre, sus disgustos domésticos, y ante el público, su deseo de amoldarse a mis costumbres. ¡Ejemplar esposa!
Y yo, que tomaba a mi hogar por un presidio, particularmente desde mi última entrevista con Clara, no posaba en él sino el tiempo indispensable para comer deprisa, desganado y en silencio, y dormir algunas horas entre el horror de mis pesadillas infernales. El resto del día y de la noche lo invertía entre mis amigos en la redacción, en orear mis penas al aire libre en algún solitario paseo, y en la placentera compañía de Carmen, cuyos quebrantos de salud iban imposibilitándola para el trabajo, precisamente cuando más necesitaba de él para vivir. La fortuna se complacía en cobrarme, hasta con réditos- usurarios, los favores de que me había colmado poco antes.