Sotileza by José María de Pereda — Read

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Entre las gentes marineras (y no se ofendan las de acá, porque el oficio que traen no es para otra cosa), una persona limpia es punto más rara que las peras de á tres libras. En Sotileza fué creciendo con los años el instinto del aseo; y, á mi modo de ver, de la fuerza del contraste que formaba aquélla su inverosímil pulcritud de carnes y de vestido con la basura de lugares y personas en medio de la cual vivía (y he aquí cómo el diablo me arrastra por tercera vez á la comparación del gato con la huérfana de Mules); á mi modo de ver, repito, de la fuerza de este contraste, tan singular y llamativo, debió nacer en el Cabildo de Arriba la fama de la hermosura de Sotileza, confundiendo la torpe percepción de los sucios marineros el atributo con la esencia, ó mejor dicho, los colores con la forma. Porque yo recuerdo muy bien que lo primero que se echaba de ver en aquella garrida muchacha cuando estaba, á los veinte años, en la flor de su galanura, era la limpieza extremada de su atavío, en el que dominaban siempre las notas claras, como si esto fuera un alarde más de su pulcritud á prueba de peligros; y no emperejilada para las fiestas de la calle, ó las bodas de la vecindad, ó la misa ó el paseo de los domingos, que esto probaría bien poco; sino todos los días, á la puerta de la bodega, en lo alto del Paredón, atravesada en la acera, tejiendo la red en el portal, sacando la barredura á la mitad del arroyo, ó remendando los calzones de tío Mechelín; en refajo corto, descubriendo por debajo tres dedos de lienzo más blanco que la nieve; con justillo de mahón, rayado de azul; pañuelo de mil colores sobre el alto, curvo y macizo seno; á medio brazo las mangas de la camisa, y otro pañolito de seda, claro también, graciosamente atado, á la cofia, sobre el nutrido moño de su pelo castaño con ondas tornasoladas de oro bruñido. La curiosidad que excitaban estos llamativos pormenores, movía los ojos del observador á hacer otras exploraciones; y entonces se reparaba en los aplomos admirables y en los lineamentos finos y gallardos de la pierna y del pie, desnudos y blanquísimos, que asomaban por debajo de la tira de lienzo; en el torneado brazo, desnudo también; en el cuello redondo y escultural, que se alzaba sobre los anchos hombros, y, por fin, en la cara saludable, fresca, verdaderamente primaveral, la porción más envidiable de la valiente cabeza que el cuello sostenía, y sobre el cual centelleaban, al bambolearse, los anchos anillos de oro colgando de las menudas orejas.

Tal era lo que, en el orden señalado, iba saltando á los ojos de un observador algo adiestrado en los intríngulis del arte, al contemplar á Sotileza por primera vez en su propio y natural terreno; con los cuales elementos, si hay para construir lo que se llama toda una buena moza, se puede estar muy lejos de llegar á la hermosura que atribuyó la fama indocta á la memorable callealtera. Examinándola todavía más al pormenor, las líneas de su cara distaban mucho de estar ajustadas á los buenos modelos de la belleza clásica: la frente pecaba de angosta; la boca, aunque pequeña y fresca, era durísima de expresión; la mirada de sus rasgados ojos, demasiado cruda; el entrecejo muy acentuado, y el contorno general no daba la corrección de los trazos atenienses. Aunque separadamente fuera intachable cada porción de su cuerpo, éste, en conjunto, si bien flexible y gracioso, no era un modelo escultórico. En una palabra, Sotileza no era una hermosura en el sentido artístico de la expresión; pero reunía todos los atractivos necesarios para ser la admiración de los mozos de su calle, y excitar la curiosidad y luégo hasta el frenesí de los antojos en los hombres cultos, más esclavos de las malas pasiones que del sentimiento estético. Su voz era de hermoso timbre, con unas notas graves que acentuaban poderosamente el vigor de su frase lacónica, y entonaba muy bien con la expresión de su semblante. Lejos de corregirse ésta su nativa esquivez, había ido afirmándose con los años; y aunque esta cualidad no la arrastraba jamás á ser chocarrera ni provocativa, cuando se le buscaba la lengua por las envidiosas ó por los atrevidos, sus aceradas sequedades la hacían verdaderamente temible.

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