Explore "El superhombre y otras novedades" by Juan Valera on Textopian. Read with annotations and highlights.
En la poesía hay sin duda pasmosa virtud purificante. No quiero yo entenderla con todo, como he oído decir que la entendía Gœthe. Tal modo de entenderla es sobrado egoísta. El poeta, por ejemplo, siente ganas de suicidarse, y en vez de hacerlo y a fin de desechar tan perniciosas ganas escribe el Werther. De esta manera, no sólo consigue sanar de la manía del suicidio, sino también que le aplaudan y se admiren de su talento. Lo malo es que el libro con que el poeta ha sanado y donde ha vertido el veneno que le atosigaba puede emponzoñar a los que sin precaución le tomen y lean y producir una abominable epidemia de suicidios. No estriba o no quiero yo que estribe en esto la virtud purificante de la poesía. Su legítima y santa virtud purificante lo mismo ha de valer y vale para el poeta que para sus lectores.
En la epopeya y en el drama se concibe esto con toda claridad. Tiranos, refinados traidores, monstruos de iniquidad podrán aparecer en el drama o en el poema épico, pero en el pecado llevarán la penitencia, y la reprobación universal será su castigo. Ha de entenderse además que los crímenes y los horrores representados en una obra poética no deben tomar la apariencia o semejanza completa de los sucesos reales, como pretende hoy lo que llaman naturalismo. El deleite estético no se daría entonces. Al contrario, tendríamos un grave disgusto. ¿Quién puede deleitarse al ver en realidad al alguien que se arroja por un balcón desde un quinto piso y se hace una tortilla, o a gentes que se dan de puñaladas, que toman veneno o que se mueren de hambre, de miseria, de tisis o de otras enfermedades contagiosas y feas? Representado todo esto muy a lo vivo y sin la idealidad conveniente, es lo contrario del arte: no purifica la compasión y el terror, como quería Aristóteles. Será cuadro más vivido, como se dice en el día, pero de arte perverso y vicioso. El Laoconte ceñido y oprimido por las serpientes está mil veces más lejos de lo real que la figura de cera representando a Catón con las sangrientas manos metidas en el desgarrado vientre y arrancándose las entrañas. Tal modo de conmover con la imitación exacta y brutal de las cosas reales dista mucho de ser el arte verdadero. Sólo los menos que medianos artistas deben apelar a tal recurso. El refrán lo dice: a mal Cristo, mucha sangre.