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¡El Atlántico! Una vasta extensión de agua cuya superficie cubre veinticinco millones de millas cuadradas, con una longitud de nueve mil millas y una anchura media de dos mil setecientas millas. Mar importante, casi ignorado de los antiguos, salvo, quizá, de los cartagineses, esos holandeses de la Antigüedad, que en sus peregrinaciones comerciales costeaban el occidente de Europa y de África. Océano cuyas orillas de sinuosidades paralelas acotan un perímetro inmenso, regado por los más grandes ríos del mundo, el San Lorenzo, el Mississippi, el Amazonas, el Plata, el Orinoco, el Níger, el Senegal, el Elba, el Loira, el Rin, que le ofrendan las aguas de los países más civilizados y de las comarcas más salvajes. Llanura magnífica incesantemente surcada por navíos bajo pabellón de todas las naciones, acabada en esas dos puntas terribles, temidas de todos los navegantes, del cabo de Hornos y del cabo de las Tempestades.
El Nautilus rompía sus aguas con el espolón, tras haber recorrido cerca de diez mil leguas en tres meses y medio, distancia superior a la de los grandes círculos de la Tierra.