Episodios Nacionales Para Niños

Explore "Episodios Nacionales Para Niños" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.

Nos albergó en su casa una prima de mi amo, doña Flora de Cisniega, señora muy amable y redicha, instruida, de finísimo trato social, ya un poco madura y muy compuesta y emperifollada. Caballeros elegantes frecuentaban su lujosa vivienda y con ellos y con doña Flora departía el buen don Alonso, examinando los sucesos presentes y entreteniéndose en presumir atrevidamente los futuros. Por lo poco que pude oírles entendí que la opinión en Cádiz revelaba intranquilidad, desconfianza. Se hablaba mal de Godoy, que nos había metido en la desatinada combinación con la marina francesa y se echaban pestes contra Napoleón por haber puesto las dos armadas debajo del mando de Villeneuve, el Musiú Corneta de mi amigo Marcial. A los dos días de nuestra llegada recibió mi amo la visita de un brigadier de Marina, amigo suyo, cuya fisonomía no olvidaré jamás. De este buen español quiero hablaros ahora, queridos niños, enalteciéndole a vuestros ojos para que le améis, para que toda la vida recordéis con veneración su nombre y sus hechos.

Era un hombre como de cuarenta y cinco años, de semblante hermoso y afable, con tal expresión de tristeza que era imposible verle sin sentir irresistible inclinación a amarle. No usaba peluca y sus abundantes cabellos rubios, no martirizados por las tenazas del peluquero para tomar la forma de ala de pichón, se recogían con cierto abandono en una gran coleta y estaban inundados de polvos con menos arte del que la presunción propia de la época exigía. Eran grandes y azules sus ojos; su nariz, muy fina, de perfecta forma y un poco larga, sin que esto le afeara; antes bien, ennoblecía su expresivo semblante. Su barba, afeitada con esmero, era algo puntiaguda, aumentando así el conjunto melancólico de su rostro oval, que indicaba más bien delicadeza que energía. Este noble continente era realzado por una urbanidad en los modales, por una grave cortesía de que no podrá daros idea la estirada fatuidad de los señores del día ni la movible elegancia de nuestra dorada juventud. El cuerpo era pequeño, delgado y como enfermizo. Más que guerrero aparentaba ser hombre de estudio, y su frente, que sin duda encerraba altos y delicados pensamientos, no parecía la más propia para arrostrar los horrores de una batalla. Su endeble constitución, que sin duda contenía un espíritu privilegiado, parecía destinada a sucumbir conmovida al primer choque. Y, sin embargo, según después supe, en aquel hombre igualaba el corazón a la inteligencia. Era Churruca.

Reading navigation