Read "Sónnica la cortesana" by Vicente Blasco Ibáñez online for free on Textopian. Full text with search, annotations, highlights, and AI-powered reading aids.
La hermosa Sónnica creyó haber perdido para siempre a Acteón. Su repentina partida la consideró como un capricho del veleidoso ateniense, eterno viajero impulsado por la fiebre de conocer nuevos países. ¡Sólo los dioses podían saber adónde iría aquel pájaro errante después de su visita a las tribus celtíberas! Tal vez se quedase con Alorco; tal vez guerrease con aquellos bárbaros, y éstos subyugados por su cultura y su astucia, acabarían dándole un reino.
Al creer Sónnica que el ateniense no volvería más, se imaginó que su corta primavera de amor había sido semejante a la fugitiva felicidad de las mujeres que tuvieron relaciones con los dioses cuando bajaron éstos a la tierra. Ella, tan insensible y burlona para los afectos, pasaba los días llorando en su lecho o recorría por la noche como una sombra su vasto jardín, deteniéndose en la gruta donde el griego había hecho caer por primera vez el cinturón de su túnica. Los esclavos comentaban con miedo el humor desigual y temible de su ama. Unas veces gimoteaba como una niña; otras, enfurecida por súbita crueldad, ordenaba castigos para todos. Pero de repente, una mañana, se presentaba el griego ante la quinta, montando un caballo polvoriento y sudoroso, despedía a los bárbaros de feroz catadura que venían escoltándole, corría con los brazos abiertos hacia la trémula Sónnica, y todo el inmenso dominio parecía resucitar; la señora sonreía, el jardín se mostraba más hermoso, en la terraza brillaban con mayor esplendor los plumajes de las aves raras, parecían sonar más alegres las flautas de las aulétridas, y a los esclavos les parecía más dulce el aire y más puro el cielo.