Read "El grillo del hogar" by Charles Dickens online for free on Textopian. Full text with search, annotations, highlights, and AI-powered reading aids.
Tackleton, el comerciante de juguetes, casi generalmente conocido bajo el nombre de Gruff y Tackleton -era la razón social, aunque Gruff hubiese muerto hacía mucho tiempo, legando el nombre al asociado y, según el decir de la gente, el mal humor que el diccionario inglés atribuye a su nombre malsonante-; Tackleton, el comerciante de juguetes, había sentido una sincera vocación desconocida de sus padres y su tutor. Si hubiesen hecho de él un usurero, un procurador codicioso o un policía, Tackleton, desahogando sus malas inclinaciones durante la juventud, después de agotar toda la malignidad de su ser en los deberes naturales de su estado, hubiera llegado a ser amable aunque sólo fuese por el atractivo de la novedad. Pero, obligado a almacenar la bilis, encadenado a sus apacibles ocupaciones de comerciante de juguetes, había llegado a ser un verdadero ogro doméstico, que, viviendo a expensas del bolsillo de los niños, no cesaba un solo instante de ser su enemigo mortal. Despreciaba los juguetes, y no hubiera comprado uno solo por todo el oro del mundo; hallaba, gracias a su mal carácter, singular placer en arreglar caras henchidas de expresión feroz a los labradores de cartón que conducían sus puercos al mercado, a los pregoneros que anunciaban una digna recompensa al que encontrase la conciencia perdida de un abogado, a las viejas mecánicas que zurcían medias o modelaban pasteles, y a cuantos personajes ponía a la venta. Se sentía verdaderamente feliz al imaginar máscaras terribles, diablillos que aparecían por sorpresa, feos, crespos, de ojos colorados; cometas-vampiros, barqueros demoníacos que no podían colocarse patas arriba levantándose constantemente para correr hacia los niños muertos de miedo. Éste era su único consuelo, y por decirlo así, la válvula de seguridad por cuyo medio se escapaba su mal carácter. Tenía verdadero genio para semejantes invenciones; y la idea de alguna nueva pesadilla le causaba un placer inenarrable. Llegó a perder dinero -éste era el único juguete que le gustaba -para procurarse asuntos infernales de linterna mágica en que los poderes de las tinieblas estuviesen representados bajo la forma de crustáceos sobrenaturales de rostro humano; y había comprometido un capitalito para exagerar la estatura terrorífica de sus gigantes, y aun sin ser pintor, indicaba a los artistas que empleaba, con ayuda de un yeso pizarra, ciertas miradas furtivas destinadas a modificar de un modo extraño la fisonomía de los monstruos, que a su vista se llenaban de espanto las almas de los jóvenes gentlemen de seis a once años durante las vacaciones enteras de Navidad o de verano.
Lo que era Tackleton con respecto a los juguetes, lo era con respecto a todo el mundo. Por lo tanto, podéis suponer que su traje verde, abrochado hasta la barba, que descendía hasta las pantorrillas, envolvía al individuo más antipático del orbe; figuraos el personaje más distinguido, más agradable que se hubiese puesto un par de enormes botas de becerro color caoba.