El grillo del hogar by Charles Dickens

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No hubo poco alboroto al día siguiente en casa de John Peerybingle. La señora Peerybingle, naturalmente, no podía dirigirse a lugar alguno sin el chiquitín, y se necesitaba algún tiempo para cargar con él. No quiere decir esto que la señora Peerybingle se hubiese de preocupar mucho de la susodicha mercancía bajo el doble aspecto del peso y del volumen; pero eran indispensables para realizar semejante operación una multitud infinita de cuidados y de precauciones sucesivas. Por ejemplo, cuando se hubo llegado paso a paso a cierto punto de su toilette, en cuyo punto hubierais podido suponer razonablemente que con dos o tres toques más nada le hubiera faltado para considerarse como uno de los muñecos mejor empaquetados del orbe, y a punto de desafiar valientemente al mundo entero, hubo que ponerle de pronto un gorro de franela y conducirle a la cuna, haciéndole desaparecer entre dos sábanas por espacio de una hora. Arrancáronle luego a ese estado de inacción y apareció coloradote y dando gritos atroces. Hiciéronle tomar. ¡vaya!, preferiría, si me lo permitieseis, hablar de un modo general., un piscolabis; después de lo cual se fue a dormir de nuevo. La señora Peerybingle aprovechó este intervalo para ponerse tan rozagante como la que más; y durante esta breve tregua miss Slowboy vistiose un trajecillo de forma tan sorprendente e ingeniosa, que no parecía haber sido confeccionado para ella ni para mujer alguna; era una cosa estrecha que caía en forma de orejas de perro, sin parecerse a ningún otro traje y sin ninguna relación con cualquiera otra prenda de vestir. Luego, el chiquitín, vuelto de nuevo a la existencia, fue embozado por los esfuerzos reunidos de la señora Peerybingle y miss Slowboy, en un manto de color crema; luego le pusieron una gorrita de indiana en forma de tarta. Terminados estos preparativos, bajaron los tres hasta la puerta. Por cierto que el caballo había ya ganado con creces el importe de su trabajo diario, llenando el suelo de autógrafos impacientes, mientras lejos de él, perdiéndose en la obscuridad, el impetuoso Boxer se volvía hacia su camarada como si le invitase a partir sin aguardar la orden de su amo.

Poco conoceríais al honrado John si creyeseis que se necesitó una silla u otro objeto semejante para ayudar a la señora Peerybingle a subir al carro. Antes que hubieseis tenido tiempo de verla en sus brazos, estaba ya sentada en su sitio, fresca y colorada, y decía:

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