Read "El grillo del hogar" by Charles Dickens online for free on Textopian. Full text with search, annotations, highlights, and AI-powered reading aids.
Y que no habían de permanecer ociosos ni un solo instante, porque debían pensar seriamente en celebrar aquel día de modo que dejase una estela eterna en el calendario de fiestas y regocijos de la casa Peerybingle. De modo que Dot se puso a la obra para preparar un festín que cubriese de honor inmortal a su hogar y a los interesados. En un abrir y cerrar de ojos hundió sus brazos en la harina hasta el codo, incluyendo los deliciosos hoyuelos y procurándose el maligno placer de blanquear el vestido de John cada vez que éste se acercaba demasiado, deteniéndola para darle un beso. John lavó las legumbres, mondó los nabos, rompió los platos, derribó las marmitas de hierro llenas de agua fría sobre el fuego, y en resumen, se hizo útil por todos los medios imaginables, mientras que una pareja de ayudantas, llamadas a toda prisa de algunos lugares del vecindario, daban contra todas las puertas y chocaban en todos los rincones. En cuanto a Tilly Slowboy, con el niño en brazos, todo el mundo podía estar seguro de encontrarla donde quiera que fuese. Tilly no había dado nunca hasta entonces tales muestras de actividad; se multiplicaba prodigiosamente y su ubicuidad era objeto de la admiración general. Se la hallaba en el corredor a las dos veinticinco minutos, como escollo para los que entraban; en la cocina a las dos cincuenta minutos, a modo de trampa; en el granero, como un armadijo, a las tres menos veinticinco minutos. La cabeza del chiquitín ejerció de piedra de toque respecto de toda materia animal, vegetal o mineral que tuviese a su alcance, o, por mejor decir, no estuvieron aquel día en movimiento personas, muebles ni utensilios que no trabasen en un momento dado íntima amistad con la cabeza del niño.
Luego se formó una gran expedición destinada a ir a buscar a la señora Fielding para darle conmovedoras muestras de pesar por su ausencia, y conducirla, de grado o por fuerza, a sentirse feliz y a perdonarlo todo. Y cuando la expedición exploradora hizo su primer reconocimiento, la señora Fielding no quiso oír ni una palabra al principio; repitió un número incalculable de veces que había vivido hasta entonces con el único fin de llegar hasta aquel día; que no se le pidiese nada más; que sólo debían conducirla a la tumba, cosa que parecía absurda porque estaba viva, y muy viva; y al cabo de algún tiempo cayó en un estado de tranquilidad de mal augurio, y observó que en la época de la famosa catástrofe ocurrida en el comercio de índigo, había previsto ya que durante toda su vida quedaría expuesta a toda clase de insultos y ultrajes; que, por lo tanto, no se extrañaba de lo ocurrido, y que suplicaba que nadie se ocupase de ella en lo más mínimo -¿qué era ella en realidad? ¡Dios mío, nada! ¡Un cero a la izquierda!. Y, por fin, que procurasen olvidar que una criatura tan mísera hubiese existido, y que todo el mundo siguiese su camino como si ella no hubiese vivido jamás.