Historia de dos ciudades by Charles Dickens

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El que recorría el primero de los personajes que han de jugar papel de mucha importancia en la historia presente, la noche de un viernes de noviembre, era el de Dover. Seguía el viajero a la diligencia, mientras ésta avanzaba pesadamente por el repecho de la colina Shooter. Subía caminando entre el barro pegado a la caja desvencijada del carruaje, y a su lado iban los demás compañeros de viaje, no ciertamente movidos del deseo de hacer ejercicio, poco agradable dadas las circunstancias, sino porque rampa, arneses, fango, diligencia y caballos eran tan pesados, que éstos últimos habían declarado ya tres veces sus deseos de no seguir adelante, amén de otra que intentaron dar media vuelta, con el propósito sedicioso de volverse a Blackheath. Las riendas y la fusta, el postillón y el guarda, puestos de acuerdo, hubieron de dar lectura al artículo del Reglamento de Campaña que asegura que nunca, ni en ningún caso, tendrán razón los animales brutos, gracias a lo cual capituló el tiro y se resignó a cumplir con su deber.

Bajas las cabezas y trémulas las colas procuraban abrirse paso por entre los mares de espeso barro que cubrían el camino, tropezando aquí, dando allá un tumbo espantoso, cayendo no pocas veces y tambaleándose siempre. Cuantas veces el mayoral les concedía algún descanso, el caballo delantero sacudía violentamente la cabeza y cuantos objetos la adornaban con aire doctoral y enfático, cual si su intención fuera negar que la diligencia pudiera llegar a lo alto de la loma; y cuantas veces aquel hacía restallar el látigo, el viajero de quien vengo hablando levantaba asustado la cabeza, como hombre a quien arrancan bruscamente de sus meditaciones.

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