Historia de dos ciudades by Charles Dickens

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Digno de detenidas reflexiones es el fenómeno de que todos los seres humanos llevan en su constitución la necesidad de ser secretos impenetrables entre sí. Cuantas veces entro durante la noche en una gran ciudad, maquinalmente y sin darme cuenta comienzo a pensar que todas y cada una de las casas que forman el ingente y apretado racimo que se alza ante mis ojos encierran su secreto peculiar, que todas y cada una de las habitaciones de las casas encierran su secreto peculiar, y que todos y cada uno de los corazones que palpitan en los cientos de miles de pechos que las habitan, es un secreto profundo para el corazón encerrado en el pecho más inmediato. El fenómeno tiene algo de pavoroso, algo de común con la muerte. El corazón de la persona que me es querida me parece libro cuyas hojas estoy volviendo y a cuyo final no podré llegar jamás: me parece ingente masa líquida en cuyas profundidades insondables he entrevisto, a la luz que momentáneamente las ha penetrado, tesoros ocultos y mil secretos que han excitado mis ansias por saber; pero una voluntad inmutable ha decretado que no pueda leer más que la página primera del libro, que la masa líquida se cuaje y trueque en masa eternamente helada, mientras la luz jugueteaba sobre su superficie y yo la contemplaba desde la orilla, ignorante de lo que en su fondo encerraba. Ha muerto mi amigo, ha muerto mi vecino, han muerto mis amores, y con ellos murieron los anhelos de mi alma, porque su muerte trajo consigo la consolidación inexorable, la perpetuación del secreto que encerraban aquellas individualidades, como la muerte sellará para siempre el mío, sepultándolo conmigo en la tumba. ¿Duerme, acaso, en ninguno de los cementerios de las ciudades que visito, muerto cuya personalidad íntima sea para mí más inexcrutable que las de los vivos que afanosos y solícitos recorren sus calles, más de lo que la mía lo es para todos ellos?

Por lo que a este particular se refiere, la herencia natural, herencia imposible de enajenar, del jinete mensajero, era la misma del rey, la misma del primer ministro de Estado, la misma del comerciante más opulento de Londres. Otro tanto sucedía con los tres viajeros encerrados en los angostos límites de una diligencia vieja y destartalada. Cada uno de ellos era un misterio impenetrable para su compañero, tan impenetrable como si en coche propio hubiera viajado, solos y con una nación de por medio entre coche y coche.

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