Historia de dos ciudades by Charles Dickens

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Había caído en la calle, haciéndose pedazos, una barrica de vino. El accidente ocurrió al sacar la barrica de un carro. Aquélla cayó al suelo, comenzó a rodar, saltaron los aros, y fué a abrirse como un cascarón de monstruosa nuez frente a la puerta de una taberna.

Cuantas personas había por los alrededores suspendieron sus tareas o pusieron fin a su ociosidad para correr al lugar del siniestro y beberse el vino. Las piedras ásperas, desiguales y puntiagudas que formaban el adoquinado de la calle, puestas de propósito, según todas las apariencias, para hacer tantos cojos como afortunados mortales tuvieran la dicha de pasar sobre ellas, habían hecho la distribución del rojo líquido, formando variedad de estanques de diferentes dimensiones, todos los cuales estaban rodeados por grupos mayores o menores, según fuera mayor o menor su extensión. Muchos hombres, tendidos de bruces, recogían el vino en el hueco de sus manos, y bebían, o hacían que bebieran las mujeres que afanosas se inclinaban sobre sus hombros, antes que el líquido escapara entre sus dedos. Otros, hombres y mujeres, lo recogían con pequeñas vasijas de barro cocido o bien empapaban los pañuelos de cabeza de las mujeres, que luego exprimían en sus bocas o en las de los niños: éstos oponían diques de barro al curso del vino, aquéllos, obedeciendo los consejos que a gritos les daban desde las ventanas los curiosos, saltaban de acá para allá a fin de desviar el curso de nuevos regueros, y no faltaban quienes apoderándose de los fragmentos medio podridos de la barrica, los chupaban y lamían con indecible ansiedad. Puede asegurarse que las turbas recogieron, no ya sólo hasta la última gota de vino, sino también hasta la última molécula de tierra que con aquel estuvo en contacto. La calle quedó como si por ella acabasen de pasar todas las brigadas de basureros de la ciudad, si en la ciudad se hubiera conocido la brillante institución de basureros.

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