Historia de dos ciudades by Charles Dickens

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El señor, uno de los magnates más influyentes y poderosos de la corte, celebraba en su suntuoso palacio de París su acostumbrada recepción quincenal. Hallábase el señor en su gabinete más íntimo, especie de santuario para la turba de adoradores encargados del servicio del resto de los salones. Disponíase el señor a tomar su chocolate. Con facilidad maravillosa podía engullirse el señor mil cosas, y hasta eran muchos, gentes maliciosas sin duda, que creían a pie juntillas que se estaba engullendo con rapidez pasmosa a Francia, pero el chocolate matinal no podía pasar por la garganta del señor sin la ayuda de cuatro hombres fuertes, amén del cocinero.

Sí, cuatro hombres exigía operación tan importante, cuatro hombres, cubiertos de galones de oro, con un jefe, quien en su afán por seguir la noble y casta moda implantada por su señor, no hubiera podido vivir sin llevar en el bolsillo dos enormes relojes de oro, eran indispensables para que el afortunado chocolate tuviera el honor de llegar hasta los labios del señor. Un lacayo conducía la chocolatera a la sagrada presencia del señor; otro picaba el chocolate con un instrumento reservado para tan importante función, otro, el tercero, presentaba la favorecida servilleta, y el cuarto (el de los dos relojes de oro) vertía el chocolate en la taza. ¿Prescindir el señor de uno solo de los cuatro servidores mientras tomaba el chocolate entre los cielos que admirados y complacidos presenciaban la operación? ¡Horror! Tomar el chocolate servido por solos tres hombres, hubiese equivalido a manchar el inmaculado escudo del señor: tomarlo servido innoblemente por dos, habría sido tanto como darle muerte.

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