Los miserables by Victor Hugo

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Cerca de San Medardo, se instalaba un pobre a quien Jean Valjean daba limosna con frecuencia. No había vez que pasara por delante de aquel hombre que no le diera algún sueldo; en muchas ocasiones conversaba con él. Era un viejo de unos setenta y cinco años, que había sido sacristán y que siempre estaba murmurando oraciones.

Una noche que Jean Valjean pasaba por allí, y que no llevaba consigo a Cosette, vio al mendigo en su puesto habitual, debajo del farol que acababan de encender. El hombre, como siempre, parecía rezar, y estaba todo encorvado; Jean Valjean se acercó y le puso en la mano la limosna de costumbre. El mendigo levantó bruscamente los ojos, miró con fijeza a Jean Valjean, y después bajó rápidamente la cabeza. Este movimiento fue como un relámpago; Jean Valjean se estremeció. Le pareció que acababa de entrever, a la luz del farol, no el rostro plácido y beato del viejo mendigo sino un semblante muy conocido que lo llenó de espanto. Retrocedió aterrado, sin atreverse a respirar, ni a hablar, ni a quedarse, ni a huir, examinando al mendigo que había bajado la cabeza cubierta con un harapo, y que parecía ignorar que el otro estuviese allí. Un instinto, tal vez el instinto misterioso de la conservación, hizo que Jean Valjean no pronunciara una palabra. El mendigo tenía la misma estatura, los mismos harapos, la misma apariencia que todos los días.

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