¡Pobre Dolores! by Fernán Caballero — Read

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Don Marcelino se encontraba en su posesión tan satisfecho, que a haber podido tener noticias de que un francés no había hallado más hombre feliz que un paria en una choza india32, no se habría reído, porque no era hombre risueño, pero se habría indignado contra las pamplinas y paradojas de los embadurnadores de papel. Paseábase por su jardín y por su casa en una especie de tranquilo éxtasis, en el que sólo sentía que el día no tuviese más que veinticuatro horas, ni el año más que trescientos sesenta y cinco días.

Diez años disfrutó D. Marcelino su bienaventuranza, ocupándose en invertir sus amados mejicanos según el consejo que con su buen sentido común le había dado el Padre Nolasco, diciéndole: «Finque usted, finque usted, D. Marcelino; que el caudal de tu enemigo en dinero lo veas». Pero al cabo de estos diez años, y cuando menos se pensaba, tomó la parca por tijeras una pulmonía, y en ocho días pasó, D. Marcelino, aunque con pocas ganas, a mejor vida.

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