La familia de Alvareda by Fernán Caballero

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La llegada de Marcela causó a todos una gran alegría. Sólo Rita no pudo ni quiso ocultar el mal humor que le causaba la presencia de aquella que había sido destinada por ambas familias a ser la mujer de Perico. Este espíritu hostil, la fría reserva que Rita impuso a Perico en sus relaciones con Marcela, fueron las primeras escarchas que cayeron sobre la primavera de aquella alma pura.

Lejos estaba Marcela de sospechar los sentimientos innobles y amargos de Rita. Además, no los hubiese comprendido, puesto que Marcela, aunque era ya una joven, tenía el alma de niña. Viviendo, desde que nació, en el convento, no con misantropía, sino con alegría de corazón, se había creado una dulce existencia en un estrecho círculo que los intereses y las pasiones de la vida no manchaban sino a costa de la felicidad y de la inocencia. Amaba a sus buenas religiosas; su jardín, sus quehaceres suaves y pacíficos; estaba apegada a sus devociones, a su iglesia, a sus santas imágenes. Quería ser monja, no por «exaltación» religiosa, sino por gusto, no por misantropía, sino con alegría de corazón; no por falta de hallar en el mundo un puesto o lugar conveniente, lo cual muchos creen causa de las tomas de velo, sino porque este lugar, este puesto, los hallaba con preferencia en su convento.

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