Vulgaridad y nobleza by Fernán Caballero — Read

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No son los extranjeros (que eso nada de extraño tendría), son los españoles, que nos hacen un cargo de pintar las cosas de nuestro país sólo por su lado favorable

Es muy cierto, y todo el mundo sabe, que en España, como en todas partes, hay gentes y cosas malas; nunca hemos pensado en negarlo, ni en hacer de España una Arcadia, y esto lo prueban los muchos tipos malos que, si bien no en primer término, se encuentran en nuestras novelas y cuadros de costumbres, como necesarias sombras en la composición. Lo que sí no hemos querido es tomarnos la ingrata, poca interesante y menos útil tarea de poner en primer término los tipos malos y de dar publicidad a las cosas que lo son. Lo hemos dicho ya en otras ocasiones: la crítica y la pintura de lo malo, que rebaja al hombre, es un correctivo ineficaz al mal; el elogio o la pintura de lo bueno, que lo enaltece, es el más dulce de los estímulos al bien. Otros críticos, poco benévolos, dicen que inventamos lo que damos por cosas ciertas. Agradecemos el favor grande que con esta censura se hace a nuestro ingenio, pero sin admitirlo: lo uno, porque tenemos en mucho más el ser verídicos que ingeniosos, y en más alta estima el que se nos crea que el que se nos admire; y lo otro, que es cosa de harta más importancia el que se tenga dentro y fuera de España un exacto conocimiento de la índole, del carácter, de las costumbres y hasta del modo de expresarse de nuestro pueblo meridional, que puede serlo el que un escritor de nuestra insignificancia esté o no esté dotado de ingenio. Téngase en cuenta que rebuscamos los granos de la buena semilla en un campo que se está cegando, y déjesenos conservarla en estas hojas, puesto que estatuas, monedas y otros efectos de pasadas épocas se suelen extraer de excavaciones, pero no así las cosas de la esfera intelectual, que son sentimientos que se entierran para siempre con los corazones que los abrigaron, palabras que se pierden en el aire en que se pronunciaron y usos que pasan sin dejar rastro. Es de advertir que si diésemos al público como fruto de nuestra inventiva los cuadros de costumbres que trazamos, se nos echaría en cara con la misma hostilidad que dábamos por nuestro lo que no lo era, y entonces la crítica tendría razón

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