Así habló Zaratustra by Friedrich Nietzsche

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Hay una isla en el mar -no lejos de las islas afortunadas de Zaratustra- en la cual humea constantemente una montaña de fuego; de aquella isla dice el pueblo, y especialmente las viejecillas del pueblo, que está colocada como un peñasco delante de la puerta del submundo: y que a través de la montaña misma de fuego desciende el estrecho sendero que conduce hasta esa puerta del submundo.

Por el tiempo en que Zaratustra habitaba en las islas afortunadas ocurrió que un barco echó el ancla junto a la isla en que se encuentra la montaña humeante; y su tripulación bajó a tierra para cazar conejos. Hacia la hora del mediodía, cuando el capitán y su gente estuvieron reunidos de nuevo, vieron de pronto que por el aire venía hacia ellos un hombre, y que una voz decía con claridad: «¡Ya es tiempo! ¡Ya ha llegado la hora!» Y cuando más cerca de ellos estuvo la figura - pasó volando a su lado igual que una sombra, en dirección a la montaña de fuego - reconocieron, con gran consternación, que era Zaratustra; pues todos ellos lo habían visto ya, excepto el capitán, y lo amaban a la manera como el pueblo ama, es decir: con un sentimiento en que amor y temor están mezclados a partes iguales.

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