Arráncame la vida by Ángeles Mastretta — Read

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Me quedé en Puebla. Volver a México me asustaba. En la casa del cerro tenía paredes y recuerdos tan revisados que me protegían. Ya no quería desafíos ni sorpresas. Mejor hacerme vieja vigilando los noviazgos ajenos, sentada en el jardín o junto a la chimenea, metida en la casita que compré frente al panteón de Tonanzintla, a la que iba cuando tenía ganas de gritar y esconderme. Era un cuarto de ladrillos en el que puse una mecedora y una mesa con mis cajas de fotos y recortes. No le entraba el sol porque en el patio había un árbol enorme sobre el que se enredó una bugambilia que pasaba del árbol al techo de la casa, cubría las tejas y se asomaba por las ventanas. Ahí berreaba yo hasta quedarme dormida en el suelo y cuando despertaba con los ojos hinchados volvía a Puebla lista para otra temporada de serenidad.

Después de la muerte de Carlos, Lilia entró en rebeldía contra su padre. Desconfiaba de él, y quería acompañarme todo el tiempo. Íbamos juntas a comprar fruta a La Victoria, me hacia llevarla al Puerto de Veracruz y escoger con ella los vestidos y los zapatos que se compraba cada dos días. Se puso de moda llenarse los brazos de pulseras de oro con enormes medallas colgando. Cuando se acercaba sonaba como vaca con cencerros.

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