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Miraba y pensaba, y las ideas más raras, las más inesperadas, sin conexión, le pasaban por la mente. Tan pronto le acudía la idea de saltar al escenario, de cantar el aria que entonaba la actriz, como, con el abanico, quería tocar a un viejecito sentado cerca de ella o bien inclinarse hacia Elena y hacerle cosquillas.
En uno de aquellos momentos, cuando en la escena todo estaba silencioso esperando la entrada de un aria, la puerta de entrada al patio rechinó por el lado del palco de Elena y se oyeron pasos de hombres. «¡Kuraguin!», murmuró alguien. La condesa Bezukhov se volvió sonriente hacia el que entraba. Natacha miró en la misma dirección de los ojos de la Condesa y vio a un ayudante de campo de bella estampa, seguro y cortés a un tiempo, que se acercaba a un palco. Era Anatolio Kuraguin, que hacía tiempo no se dejaba ver y que era recordado desde el baile de San Petersburgo. Llevaba el uniforme de ayudante de campo, con unas charreteras de aiguillettes. Andaba con aire contenido y bravo, que hubiese sido ridículo si él no hubiera sido tan hermoso y si en su rostro no apareciera aquella expresión de satisfacción jovial y alegre. A pesar de haber empezado la representación, andaba por la alfombra del pasillo sin prisa, haciendo tintinear ligeramente las espuelas y el sable, alta la hermosa cabeza perfumada. Mirando a Natacha, se acercó a su hermana, apoyó la mano izquierda en la barandilla del palco, le hizo una seña con la cabeza e, inclinándose, le preguntó algo designando a Natacha.