Guerra y paz by León Tolstói

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A pesar de que su vida le parecía bastante mezquina, inútil y penosa, el príncipe Andrés se sentía tan emocionado y nervioso como, siete años atrás, la víspera de la batalla de Austerlitz.

Había recibido y transmitido las órdenes para el día siguiente, no quedándole ya nada que hacer, pero los pensamientos más sencillos, los más claros y, por ende, los más terribles, no le dejaban tranquilo. Sabía que la batalla del día siguiente sería la más espantosa de cuantas había participado, y la posibilidad de la muerte, por primera vez en su vida, sin ninguna relación con todos los vivos, sin pensar en lo que sentirían los otros, no sólo hacia él mismo, sino hacia su alma, se le presentó casi cierta, con una certidumbre simple y descorazonadora. El objetivo de toda esa representación, todo aquello que le preocupaba y le atormentaba, se aclaraba súbitamente, con una claridad fría, blanca, sin sombras, sin perspectivas y sin diferenciación de planos. Toda la vida se le presentaba como una linterna mágica, a través de la cual, como a través de un cristal color de rosa, había mirado durante mucho tiempo las cosas. Pero ahora, de pronto, veía sin ningún cristal interpuesto y a la clara luz del día todas aquellas imágenes mal coloreadas. «Sí, aquí estáis, falsas imágenes que me habéis conmovido, atormentado y entusiasmado - se decía recordando los cuadros de la linterna mágica de su vida, que en aquel momento veía a la claridad fría y blanca del día. Aquí estás, idea de la muerte. He aquí esas figuras pintadas groseramente que se presentan como algo viejo y misterioso, la gloria, el bien público, el amor de la mujer, la patria misma. ¡Qué grandes parecían estos cuadros! ¡De qué sentido tan profundo les creía llenos! Y todo es simple, pálido y grosero a la luz fría de esta mañana que siento que amanece en mí.» Tres dolores de su vida retuvieron particularmente su atención: su amor por la mujer, la muerte de su padre y la invasión francesa que había conquistado media Rusia. «¡El amor.! Aquella muchacha me parecía llena de una dulce fuerza misteriosa. ¿Y qué? La amaba, hacía poéticos planes sobre el amor y sobre la felicidad que gozaría con ella. ¡Buen chico! - pronunció en alta voz, colérico . ¡Y yo que creía en un amor ideal que debía conservarme toda su fidelidad durante el año de mi ausencia! Igual que la tierna paloma de la fábula, ella debía morir al separarse de mí.

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