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Todo acabó, empero, cuando se instalaron en las casas. El ejército dejó de serlo en cuanto entró en las suntuosas mansiones desocupadas. A partir de entonces ya no estuvo formado por soldados ni tampoco por habitantes, sino por una cosa intermedia que recibió el nombre de merodeadores. Cuando, cinco semanas después, estos hombres salieron de Moscú, ya no constituían un ejército, sino una banda de forajidos que se llevaba consigo lo que juzgaba más valioso o necesario. Ya no anhelaban conquistar, sino conservar lo robado. Como simio que luego de meter el brazo en una vasija de cuello estrecho y de coger un puñado de nueces del fondo, no quiere abrir la mano para no dejar caer su presa, los franceses, a su salida de Moscú, debían perecer fatalmente, porque arrastraban tras de sí el producto de su saqueo. Abandonar lo que habían robado era tan imposible para ellos como para el simio abrir la mano llena de nueces.
Diez minutos después de la entrada de un regimiento francés en un distrito cualquiera de Moscú, no quedaba un solo soldado ni oficial. Por las ventanas de las casas se veían hombres uniformados que iban gritando por las habitaciones.