Read "Guerra y paz" by León Tolstói online for free on Textopian. Full text with search, annotations, highlights, and AI-powered reading aids.
Después de enterarse por Nicolás de que su hermano estaba con los Rostov, en Iaroslav, la princesa María, a pesar de las exhortaciones de su tía, se preparó para partir, y no sola, sino con su sobrino. No se preguntó ni quiso saber si la empresa sería difícil o no, posible o imposible. Su deber le dictaba no solamente dirigirse al lado de su hermano, gravemente herido, sino llevarle a su hijo. Por consiguiente, lo dispuso todo para una rápida marcha. El hecho de que el Príncipe no le escribiera personalmente se lo explicaba diciéndose que tal vez estuviera demasiado débil para coger la pluma o bien que él juzgaba que el trayecto era demasiado largo y peligroso para ella y su hijo y no quería tentarla con sus cartas a ir a su lado.
Los últimos días de su estancia en Voronezh fueron los mejores de su existencia. Su amor por Nicolás Rostov no la atormentaba, no la emocionaba ya. Este amor llenaba toda su alma, se había convertido en una parte de sí misma y ya no luchaba contra él. Estaba convencida -sin osar confesárselo con franqueza - de que amaba y era amada. La afirmó en esta creencia su última entrevista con Nicolás el día en que fue a notificarle que el príncipe Andrés estaba con los Rostov. Nicolás no hizo entonces ninguna alusión a que, en caso de curarse el príncipe Andrés, pudieran reanudarse entre él y Natacha las pasadas relaciones, mas la princesa María vio impreso en su rostro lo que sabía y lo que pensaba acerca de ello. A pesar de esto, sus relaciones con ella seguían siendo tiernas y afectuosas. Incluso parecía regocijarse de aquel posible y futuro parentesco con la princesa María, el cual le permitía expresarle con mayor libertad sus sentimientos. Así pensaba la Princesa. Sabía que amaba por primera y última vez en su vida; se sentía amada, y esta convicción tranquilizaba su espíritu y la hacía dichosa. Empero, esta dicha parcial no impedía que compadeciera a su hermano con toda su alma. Es más, la paz interior que ahora sentía facilitaba en cierto modo su entrega total a los sentimientos que le inspiraba Andrés. Su inquietud fue tan viva al salir de Voronezh, que, al contemplar su atormentado semblante las personas que la acompañaban, no dudaban que enfermaría por el camino. Mas las dificultades, las preocupaciones del viaje, a las que se entregó febrilmente, la distrajeron de su dolor y le infundieron energías.