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Comprendía lo que Natacha quiso decir con aquello de: «Hace dos días que.» El carácter del Príncipe se había dulcificado de pronto, y este enternecimiento era un mal síntoma. Al franquear el umbral, la Princesa volvió a verle, con los ojos de la imaginación, como cuando era niño, con su expresión tierna y dulce, expresión que mostró luego tan raras veces que, cuando aparecía, la impresionaba. Estaba convencida de que iba a oír de sus labios palabras tan amables, tan conmovedoras como las que le dedicó su padre moribundo, frases que no se sentía capaz de volver a escuchar sin lágrimas. Pero, comprendiendo que tarde o temprano tendría que entrar allí, irrumpió resueltamente y de pronto en la habitación. Los sollozos seguían sacudiéndola cuando, con ojos de miope, distinguió su cuerpo y buscó con la vista sus rasgos. Luego le vio con claridad y las miradas de los dos se encontraron.
El Príncipe estaba tendido en un diván, rodeado de almohadas y envuelto en un batín forrado de petit gris. Estaba pálido y delgado. Una de sus finas manos, blancas, transparentes, sostenía el pañuelo. Con la otra se tocaba el poco poblado bigote. Sus ojos se fijaban en todas las personas que entraban en la habitación.