Guerra y paz by León Tolstói

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Después de atravesar la carretera comenzaron a bajar por el atajo, y en el declive vieron a algunos hombres tumbados. Encontraron un gran número de soldados, muchos de los cuales estaban heridos. Subían la montaña respirando afanosamente, y, a pesar de la presencia del general, hablaban en alta voz moviendo las manos. Delante, entre el humo, veíanse los capotes grises colocados en fila, y el oficial, al ver llegar a Bagration, corrió gritando tras los soldados que subían en multitud y les hizo retroceder. Bagration se acercó a la fila donde por un lado y por otro oíase el rumor de los disparos, que se sucedían rápidamente y que ahogaban las conversaciones y los gritos del general. El aire estaba impregnado del humo de la pólvora. Las caras de los soldados, ennegrecidas ya, resplandecían de animación. Unos limpiaban los fusiles con las baquetas, otros los cargaban extrayendo los cartuchos de las cartucheras, y otros, en fin, disparaban. Pero ¿contra quién tiraban? No era posible verlo a causa del humo, que el viento era incapaz de barrer. Con frecuencia oíanse los agradables rumores de un zumbido o de un silbido.

«¿Qué será esto?-pensaba el príncipe Andrés al acercarse al grupo de soldados . No puede ser un ataque, porque no avanzan. Tampoco pueden formar el cuadro, por cuanto no es ésta la formación justa.» Un viejo delgado, de aspecto enfermizo, el comandante del regimiento, con una amable sonrisa y con los párpados medio cerrados sobre sus ojos fatigados por los años, lo que le daba una dulce expresión, se acercó al príncipe Bagration y lo recibió como el cabeza de familia recibe a un querido huésped. Contó al Príncipe que los franceses habían dirigido un ataque de caballería contra su regimiento. Que el ataque había sido rechazado, pero que la mitad de sus soldados habían muerto. El comandante del regimiento decía que el ataque había sido rechazado, aplicando este término militar a lo que le había ocurrido a su regimiento, pero, realmente, ni él mismo sabía qué habían hecho sus tropas durante aquella media hora, y no podía decir con seguridad si la carga había sido rechazada o el regimiento aniquilado. Sabía tan sólo que al principio, durante el cañoneo dirigido contra sus fuerzas, alguien había gritado: «¡La caballería!», y que los rusos habían comenzado a disparar. Que habían disparado hasta entonces y que continuaban tirando todavía, no contra la caballería, que había retrocedido, sino contra la infantería francesa, que en aquel momento disparaba contra los rusos desde la llanura. El príncipe Bagration bajó la cabeza, como si quisiera manifestar que la batalla se desarrollaba según lo que deseaba y suponía. Se dirigió al ayudante de campo y le dijo que enviase de la montaña dos batallones del sexto de cazadores, ante los cuales acababan de pasar. El príncipe Andrés quedóse sorprendido del cambio que se había operado en el rostro del príncipe Bagration. Su fisonomía expresaba aquella decisión concentrada y optimista del hombre que después de un día caluroso se dispone a lanzarse al agua y efectúa los últimos preparativos. Sus ojos ya no parecían adormecidos, ni su mirada vagaba, ni tampoco su actitud era tan profundamente grave. Sus ojos de lince, redondeados y resueltos, miraban hacia delante con cierta solemnidad y con cierto desdén, y, aparentemente, no se detenían en nada, a pesar de que en este movimiento todavía hubiese la lentitud y regularidad de antes. El jefe del regimiento se dirigió al príncipe Bagration y le suplicó que se alejase de aquel lugar demasiado peligroso.

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