Read "Guerra y paz" by León Tolstói online for free on Textopian. Full text with search, annotations, highlights, and AI-powered reading aids.
«Todo esto está muy bien, pero ha de terminar», se dijo un día el príncipe Basilio con un suspiro de tristeza, al reconocer que Pedro, que tan obligado le estaba (y que Dios no se lo reprochara), no se portaba tal como debía con respecto a este asunto. «Juventud. Frivolidad. Pero que Dios provea», pensaba el Príncipe, encantado de descubrir tanta bondad. «Pero esto ha de acabar. Pasado mañana, día del santo de Lilí, invitaré a algunos amigos, y si no comprende lo que tiene que hacer, yo se lo haré entender. Tengo la obligación, porque soy el padre.» En la fiesta que se dio para celebrar el santo de Elena, el príncipe Basilio invitó a unas cuantas personas de las más íntimas, parientes y amigos, como decía la Princesa. Los invitados se habían sentado en torno a la mesa para la cena. La princesa Kuraguin, una mujer gruesa y monumental, que había sido muy bella ocupaba el puesto del ama de casa. A ambos lados tenía a los huéspedes más distinguidos: a un anciano general con su vieja esposa y a Ana Pavlovna Scherer. Al otro lado de la mesa se encontraban los invitados más jóvenes, menos importantes y los familiares. Pedro y Elena estaban juntos. El príncipe Basilio no se sentó en la mesa. Las velas ardían con luz clara. La plata y el cristal resplandecían. Los vestidos de las señoras y el oro y la plata de las charreteras brillaban del mismo modo. En torno a la mesa movíanse los criados con libreas rojas.
En los lugares de honor de la mesa, todos estaban alegres y animados bajo las más diversas influencias. Únicamente Pedro y Elena permanecían silenciosos uno al lado del otro, casi en un extremo de la mesa. En las caras de ambos se había detenido una sonrisa resplandeciente, sonrisa de transporte sentimental. Fueran las que fuesen las palabras, las risas y las bromas de los demás, la satisfacción de saborear el vino del Rin, la salsa o el helado, el modo con el cual se contemplaba la pareja, con indiferencia o negligencia, fuera lo que fuere, se comprendía, por las furtivas miradas que de vez en cuando les dirigían, que las anécdotas de los comensales, las risas e incluso la cena, todo era fingido, y que toda la atención de los invitados se concentraba en la pareja formada por Pedro y Elena.