Read "El anillo de amatista" by Anatole France online for free on Textopian. Full text with search, annotations, highlights, and AI-powered reading aids.
El señor Bergeret sentía tristeza porque gozaba de la verdadera independencia, que es toda interior. Su alma era libre. Desde que se fue su esposa, también disfrutaba de la intensa dulzura que nos ofrece la soledad; y esperaba a su hija Paulina, que debía llegar pronto de Arcachón con la hermana del catedrático, vieja solterona. El señor Bergeret se prometía vivir agradablemente con su hija, muy semejante a él en ciertos rasgos de ingenio y de lenguaje, y halagaba su amor propio verla objeto de simpáticas atenciones. Se complacía con la idea de abrazar a su hermana Zoé, que no había sido nunca bonita y conservaba a través de los años una secreta predisposición a ser desagradable, pero que no carecía de ternura ni de inteligencia.
Por el momento, el señor Bergeret estaba entretenido en los cuidados de la mudanza. Colgaba de los tabiques de su gabinete, sobre la biblioteca, vistas antiguas de Nápoles y del Vesubio procedentes de una herencia; y esto le complacía, pues entre los trabajos a que puede consagrarse un hombre honrado, ninguno proporciona goces tan inmensos y tranquilos como el de clavar en las paredes. El conde Cailus, sensible a toda clase de voluptuosidades, ponía sobre todas la que se siente al abrir cajones llenos de cacharros etruscos. Hallábase el señor Bergeret colgando una vieja estampa iluminada: el Vesubio, en la noche azul, con su penacho de llamas y de humo, que le recordaba las horas de su infancia admirable y encantadora. No estaba triste, pero tampoco alegre, y le apuraba su falta de recursos, aun cuando conocía de antiguo las amarguras de la pobreza. «El dinero hace al hombre», dice muy acertadamente Píndaro (Isth, tomo II).