El señor Bergeret en París by Anatole France

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El señor Bergeret al llegar a París habíase instalado con su hermana Zoé y su hija Paulina en una casa que pronto sería derribada, y, al saber que no era posible vivir allí mucho tiempo, encontróse a gusto en ella, ignorante de que, aun cuando no la derribaran, la señorita Bergeret había decidido ya dejarla pronto, pues la tomó solamente para darse tiempo de buscar otra más cómoda, por lo cual se opuso a que se hiciesen gastos de instalación.

Era una casa de la calle del Sena, por lo menos de cien años, que, sin haber sido nunca bonita, volvióse fea al envejecer. Su puerta principal se abría humildemente a un patio húmedo, entre la tienda de un zapatero y la de un embalador. El señor Bergeret ocupaba uno de los aposentos del segundo piso, y tenía por vecino a un restaurador de cuadros, cuya puerta, al entreabrirse, dejaba ver varios lienzos sin marco, colocados en torno de una estufa: paisajes, retratos antiguos y un desnudo de mujer de carne ambarina, tendida en un bosque sombrío bajo un cielo verdoso. La escalera, bastante clara y con telarañas en todos los rincones, tenía los peldaños de madera y suelo de baldosas en los descansillos, donde por la mañana se veían hojas de verduras caídas de las cestas de las inquilinas. Todo esto era desagradable para el señor Bergeret, y, sin embargo, le entristecía la idea de perderlo después de haber perdido tantas otras cosas que tampoco eran muy gratas, pero cuya sucesión formaba la trama de su vida. Después de sus tareas cotidianas, dedicado a buscar un aposento, dirigíase con preferencia por la orilla izquierda del Sena, donde su padre había vivido y donde creía respirar la existencia plácida y los estudios serios. Lo que más dificultaba sus investigaciones era el estado lamentable de las calles, en las que se abrían zanjas profundas y se alzaban montones de tierra, y de los malecones intransitables desfigurados para siempre. Nadie ignora que durante el año 1899 todo París estuvo removido ya porque las nuevas condiciones de la vida exigiesen la ejecución de muchas obras, ya porque la proximidadde una maravillosa feria universal excitara en todas partes actividades desmesuradas y un repentino afán de modificación. Al señor Bergeret le afligía el desconcierto de la ciudad, sin creerlo suficientemente justificado; pero, como era prudente, sus reflexiones le consolaban y tranquilizaban, y cuando llegaba a su hermoso muelle Malaquais tan cruelmente devastado por los implacables ingenieros, dolíase de los árboles arrancados, de los libreros de viejo desaparecidos, y pensaba serenamente:

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