El señor Bergeret en París by Anatole France

Read "El señor Bergeret en París" by Anatole France online for free on Textopian. Full text with search, annotations, highlights, and AI-powered reading aids.

La condesa de Bonmont conocía la exposición por haber comido allí varias veces. Aquella noche cenaba la señora de Bonmont en La hermosa chocolatera, restaurante suizo situado al borde del Sena, rodeada por lo más florido y animoso del nacionalismo: José Lacrisse, Enrique León, Jacobo de Cadde, Gustavo Dellion, Hugo Chassons des Aigues y la señora de Gromance, que, según observó Enrique León, se parecía mucho a la linda sirvienta del pastel de Liotard, cuya copia, muy agrandada, servía de muestra al restaurante. La señora de Bonmont era suave y tierna. El amor, el inexorable amor, la había puesto en contacto con los exaltados. Tenía un alma formada como la de la Antígona de Sófocles, no para el odio, sino para el cariño. Compadecía a las víctimas. Era Jamont la másconmovedora que había descubierto, y la retirada prematura de aquel general arrancaba lágrimas a sus ojos. Pensaba bordar un almohadón para que descansara su cabeza gloriosa. Hacía con gusto esos regalos, cuyo mérito se cifraba en la buena voluntad. Su amor, agigantado por la admiración hacia el concejal José Lacrisse, le dejaba algunos ratos libres, que ella empleaba en compadecer enternecida las desgracias del Ejército nacional y en saborear pasteles. Engordaba mucho y estaba hecha una matrona respetable.

Los pensamientos de la señora de Gromance eran menos generosos. Había querido y había engañado a Gustavo Dellion, abandonándolo al fin; pero Gustavo, al quitarle el abrigo claro con flores sonrosadas en la terraza de La hermosa chocolatera la llamó al oído "indecente" y "bribona" ante los ojos bajos del camarero respetuoso. Aun cuando ella no exteriorizó ninguna emoción, interiormente aquellas palabras le fueron agradables, y pensó con gusto que volvería a quererle. Gustavo, reflexivo, comprendió que, por primera vez en su vida, había dicho una frase apasionada. Sentóse con solemnidad junto a Clotilde. Aquel banquete, último de la temporada, no resultó muy alegre. La melancolía de las despedidas se dejó sentir, aumentada con una especia de tristeza nacionalista. Sin duda, esperaban aún. ¡Qué digo!, tenían esperanzas inextinguibles; pero era muy doloroso esperar de lo por venir, del vago y lejano futuro, la satisfacción de ansias infinitas y de ambiciones apremiantes cuando se tiene todo, alcurnia y dinero. Sólo José Lacrisse conservaba alguna serenidad, seguro de haber hecho bastante por su rey al conseguir que los republicanos nacionalistas de las Cocheras le nombrasen concejal.

Reading navigation