La isla de los pingüinos by Anatole France

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Las costumbres de los judíos vulgares no eran siempre puras; con frecuencia se dejaban arrastrar por todos los vicios de la civilización cristiana y conservaban sólo de la edad patriarcal el respeto a los lazos de la familia, la adhesión a los intereses de la tribu. Los hermanos, los hermanastros, los tíos, los primos, sobrinos en todos los grados, agnados y cognados de Pyrot en número de setecientos, abrumados por la pena que afligía a uno de los suyos, se encerraron en sus casas, se cubrieron de ceniza y, bendiciendo la mano que los castigaba, durante cuarenta días guardaron un austero ayuno. Luego se bañaron y resolvieron obtener, persiguiéndola sin descanso, a costa de todas las fatigas y a través de todos los peligros, la demostración de una inocencia, de la cual no dudaban. ¿Cómo era posible que dudasen? La inocencia de Pyrot se els revelaba como se había revelado su crimen a la pingüinia cristiana; porque estas cosas que se mantienen ocultas revisten un carácter místico y toman la autoridad de las verdades religiosas.

Setecientos pyrotinos empezaron a trabajar con tanto celo como prudencia, y secretamente hicieron minuciosas investigaciones. Estaban en todas partes y no se los veía en parte alguna. Hubiérase dicho de ellos que, semejantes al piloto de Ulises, andaban libremente por las entrañas de la tierra. Penetraron en las oficinas del ministerio valiéndose de disfraces, sonsacaron a los jueces, a los escribanos y a los testigos del proceso. Entonces apareció la sabiduría de Greatauk: los testigos no sabían nada, los jueces y los escribanos tampoco sabían nada. Algunos emisarios consiguieron llegar hasta Pyrot, y le interrogaron ansiosamente entre los interminables rugidos del mar y la ronca gritería de los cuervos. Todo fue inútil: tampoco el condenado sabía nada. Los setecientos pyrotinos no podían destruir las pruebas de la acusación, porque no podían conocerlas, y no podían conocerlas porque no existían. La culpabilidad de Pyrot era indestructible porque no era nada. Con orgullo legítimo, Greatauk, expresándose como verdadero artista, dijo en cierta ocasión al general Panther: «El proceso es una obra maestra: se hizo de nada». Los setecientos pyrotinos se desesperaban, temerosos de que no lograrían esclarecer jamás aquel tenebroso asunto, cuando de pronto descubrieron por una carta robada que las ochenta mil pacas de forraje no habían existido nunca, que un aristócrata de los más distinguidos, el conde Maubec, las vendió al Estado y recibió su importe, pero no las pudo entregar porque, descendiente de los más ricos propietarios rurales de la antigua Pingüinia, heredero de los Maubec de la Dentdulynx, poseedores en otro tiempo de cuatro ducados, sesenta condados, seiscientos doce marquesados, baronías y señoríos, no disponía de terrenos ni como la palma de la mano y era imposible que cortara un solo haz de forraje en sus dominios. Que algún propietario rural o algún comerciante le fiara ni una brizna, era increíble, porque todo el mundo, excepto los ministros del Estado y los funcionarios del Gobierno, consideraba más fácil sacar aceite de un guijarro que un céntimo del bolsillo de Maubec.

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