La isla de los pingüinos by Anatole France

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Ciegos hasta el terror, imprudentes y estúpidos, ante las hordas del capuchino Douillard y los secuaces del príncipe Crucho, los republicanos abrieron los ojos para comprender al fin el verdadero sentido del proceso Pyrot. Los diputados, que durante dos años palidecían al oír los rugidos de la muchedumbre patriótica, no se envalentonaron; pero, en un cambio de cobardía, culparon al Ministerio Chorrodemiel de los desórdenes que habían alentado ellos mismos con sus complacencias y hasta con sus felicitaciones pusilánimes. Reprochaban al Gobierno por haber puesto en peligro la República con la debilidad y las concesiones que ellos mismos le impusieron; algunos comenzaron a sospechar que les interesaba creer en la inocencia de Pyrot, y sintieron entonces crueles angustias ante la idea de que pudo ser condenado injustamente aquel infeliz, y expiaba los crímenes de otros en una jaula mecida por el viento. «¡No duermo tranquilo!», decía confidencialmente a varios diputados de la mayoría el ministro Guilloumette, que aspiraba a reemplazar a su jefe.

Los generosos legisladores derribaron el Gabinete, y el presidente de la República reemplazó a Chorrodemiel por un sempiterno republicano, de barba frondosa, llamado La Trinité, quien, como la mayor parte de los pingüinos, no entendía una sola palabra del proceso, pero notaba que se habían metido en el asunto demasiados frailes.

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