La isla de los pingüinos by Anatole France

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Abierto nuevamente el proceso, sacaron a Pyrot de la jaula. Los antipyrotinos no se dieron por vencidos. Los jueces militares volvían a juzgar a Pyrot. Greatauk, en sus nuevas declaraciones, se mostró superior a sí mismo: propuso que condenaran por segunda vez al acusado, y para conseguirlo declaró que las pruebas comunicadas al Tribunal Supremo eran insignificantes, por la sencilla razón de que las más comprometedoras para el acusado habían de conservarse ocultas por exigirlo así los altos intereses nacionales. En opinión de los bien enterados, nunca desplegó tanta sutileza. Cuando al salir de la Audiencia atravesaba el vestíbulo del tribunal entre grupos de curiosos, con paso tranquilo y las manos cruzadas a la espalda, una mujer vestida de rojo, con el rostro cubierto por un velo negro y armada con un cuchillo de cocina, se lanzó a él, y gritó:

-¡Muere, bandido!

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