Read "La isla de los pingüinos" by Anatole France online for free on Textopian. Full text with search, annotations, highlights, and AI-powered reading aids.
La señora Clarence, viuda de un importante funcionario de la República, gustaba de cultivar el trato social. Reunía todos los jueves algunos amigos modestos que se complacían en la conversación. Todas las señoras que iban a su casa, de muy diversa edad y estado, carecían de dinero y habían padecido mucho. Una duquesa tenía el aspecto de cartomántica reveladora de presagios, y una cartomántica parecía duquesa. La señora Clarence, bastante atractiva para conservar sus viejas relaciones, no lo era ya lo suficiente para renovarlas. Tenía una hija muy hermosa y sin dote, que atemorizaba mucho a los invitados, porque los pingüinos huyen, como del fuego, de las muchachas pobres. Evelina Clarence advertía la reserva cautelosa de los hombres, y desde que averiguó el motivo sirvióles el té desdeñosamente. Se la veía poco en las tertulias y sólo hablaba con señoras o con jovenzuelos; su presencia nunca refrenó los atrevimientos en la conversación, porque la suponían bastante inocente para no comprenderlos o recordaban sus veinticinco año que le permitían oírlo todo.
Un jueves, en la tertulia de la señora Clarence se habló de amor. Las señoras trataron el asunto con altivez, delicadeza y misterio; los hombres, con indiscreción y fatuidad. Cada cual opinaba que sus afirmaciones eran las más atendibles. Se derrochó ingenio, se cruzaron brillantes apóstrofes y réplicas vivas, pero en cuanto expuso el profesor Haddock sus ideas aburrió a los concurrentes.