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Desde aquel día, los atentados anarquistas se sucedieron casi sin interrupción durante una semana. Sus numerosas víctimas pertenecían casi en su totalidad a las clases pobres. Tan horrendos crímenes despertaban la reprobación pública. Los que se indignaban más fueron los criados, los fondistas, los dependientes y el comercio humilde que no había sido aún devorado por los trusts. En los barrios populosos, las mujeres alborotaban y pedían suplicios inusitados para los «dinamiteros». (Al nombrarlos así les aplicaban un viejo calificativo, ya improcedente, porque aquellos químicos ignorados consideraban la dinamita como una materia inofensiva, útil sólo para destruir hormigueros, y calificaban de pueril entretenimiento el uso de la nitroglicerina y del fulminato de mercurio).
Se paralizaron bruscamente los negocios, y los que sólo disponían de fortunas modestas fueron las primeras víctimas. Hablaban de tomarse la justicia por su mano. Los obreros de las fábricas se mantenían hostiles o indiferentes a la violencia. La paralización de los negocios era una constante amenaza, y la Federación obrera propuso la huelga general, pero todos los oficios, excepto los doradores, se negaron a abandonar sus talleres.