Explore "Informe sobre la estupidez" by Arturo Robsy on Textopian. Read with annotations and highlights.
A las siete en punto el mudo empezaba su trabajo. Era menudo, tostado y, evidentemente, silencioso. Nadie sabía donde se metía hasta las siete de la tarde pero, a esa hora, se materializaba con su infeliz sonrisa y su boca siempre abierta. Empujaba un carrito verde, de tres ruedas, con el que siempre andaba enganchándose con las zarzas o rozando con las esquinas.
La chiquillería veraneante veía pasar al mudo como a las nubes. Nadie sabía su nombre ni si lo tenía. Y a nadie le importaba: no podrían llamarlo aunque lo supieran. Hacía años que los chicos descubrieron que el mudo, además de frágil y algo tonto, era sordo. También descubrieron, una vez que se cayó y se le desprendió la boina, que era calvo. Algunos hasta le encontraron cierto parecido con el mudito de Blancanieves.