Explore "La gran farsa" by Arturo Robsy on Textopian. Read with annotations and highlights.
Otro de los grandes cambios de perspectiva y de contenido ha sucedido con la juventud. La juventud, tan pasajera y cambiante como la madurez o la ancianidad, ha dejado de significar una etapa de la vida y se presenta una y otra vez como ideal, como virtud, explotando, sin duda, tanto la petulancia típica de los pocos años como la nostalgia irremediable que traen los muchos.
Ser joven es una virtud. Ser viejo, un demérito. Demérito que, cada vez más, se paga con el abuso, con el desprecio o con el asilo. Nadie habla ya, como en los últimos cinco mil años, de la experiencia de la edad. A nadie se le ocurre que un senado sirva para aprovechar el conocimiento de los viejos. Despilfarrar la experiencia de los mayores es algo que la humanidad no se permitió hasta hace bien poco, pues siempre fue un buen método para ahorrarse problemas que, de lo contrario, se presentan en la sociedad a cada generación. Hoy, en cambio, un político joven tiene más posibilidades que uno maduro. Un obrero mayor tiene más dificultad para encontrar trabajo. Un intelectual de edad corre el riesgo de ser descalificado más por sus años que por el acierto que tengan sus ideas. Las modas tienden a hacernos vestir "juvenilmente" .La delgadez por la que tantos luchan, más que un problema de salud, es el intento de recuperar la figura del adolescente aún en desarrollo. Hombres de estado, presuntamente serios, recurren sistemáticamente al maquillaje para recuperar cierta prestancia juvenil, manejo impensable en las gentes públicas de, por ejemplo, la Segunda República