Explore "Águilas de la estepa" by Emilio Salgari on Textopian. Read with annotations and highlights.
Los turquestanos no cuentan en su historia un Carlos V que dio en feudo la isla de Malta contra el tributo anual de un halcón blanco amaestrado; ni sacerdotes que se dedicaran más a criar estos rapaces que a sus prácticas religiosas; ni barones fanáticos, como algunos ingleses, que reclamaban el derecho de colocar sus pajarracos sobre los altares mientras se celebraban las funciones; ni un Francisco I que tenía un halconero mayor, jefe de quince nobles y cincuenta servidores, para cuidar a los trescientos que poseía: ni un Ludovico II que condenaba a muerte a quien robaba un halcón y a un año de cárcel al que sustraía un huevo de sus nidos. Con todo, los ricos, en especial los "beg" y los khanes, sienten una gran pasión por esas aves cazadoras y emplean para amaestrarlas los mismos métodos de los antiguos señores feudales.
Capturan al volátil adulto y lo dejan un tiempo tranquilo sobre un palo plantado en el suelo, ofreciéndole de vez en cuando un pequeño pájaro recientemente muerto o un trozo de cordero sangrante. Pon algunos días el pichón rechaza el alimento, pero constreñido por el hambre, termina por aceptarlo: es el primer paso. Así va conociendo al dueño y se acostumbra a permanecer algún tiempo sobre su puño, para lo cual se le cansa privándolo de sueño mediante el mantenimiento de luz cerca de los ojos. Entonces se le permite efectuar algunos cortos vuelos atado a una correa no mayor de cincuenta centímetros y volver a su puesto; luego se reemplaza la correa por un cordel de unos treinta metros de largo y se le enseña a partir y regresar al mandato de un silbo. Desde las primeras lecciones se le acostumbra a los gritos de los cazadores, a los relinchos de los caballos y a los ladridos de los perros, para que no se asuste en el momento de la caza y cuando conoce bien a su dueño y responde a su silbido, se le enseña a cazar "al vivo". Para ello, atan de una pata a un pájaro más bien grande y lo sueltan al tiempo que incitan al halcón a perseguirlo. Este parte como una flecha y aferra a la presa con sus garras; se deja que la devore y en ese tiempo se da vueltas a su alrededor para habituarlo a no alarmarse y a dejarse prender junto con sus víctimas. Un mes de estos ejercicios cotidianos basta para que quede perfectamente amaestrado y sepa cazar aves, liebres y también antílopes, a los que arranca los ojos y retiene hasta la llegada de los cazadores.