Explore "El continente misterioso" by Emilio Salgari on Textopian. Read with annotations and highlights.
Cincuenta o sesenta salvajes, más feos que monos, desnudos como Adán, pero embadurnados de grasas y colores, y armados de hachas de piedra, azagayas adornadas con plumas de cacatúas y boomerangs, saltaban sobre las rocas con agilidad de cuadrumanos y rodearon el dray, lanzando gritos desaforados que parecían salir de las gargantas de una bandada de papagayos enfurecidos. Delante de ellos se pavoneaba el jefe, haciendo ondear la cola de pelo salvaje que pendía de su cinturón de piel de opossum, única vestidura que llevaba, si es que puede llamarse así, y agitando su azagaya de punta de hueso.
Todos eran de estatura superior a la media, entre uno sesenta y uno setenta centímetros, secos como bastones, posiblemente a causa de sus largos ayunos, de extremidades delgadísimas, vientre prominente, cabeza cubierta de cabellos negros, narices anchas, boca enorme, labios gruesos como los de los negros, rasgos de mono y piel aceitunada. Un olor nauseabundo de grasa corrompida y orines apestaba el aire en torno a aquellos «papagayos chillones» como los llamaba Diego.