El corsario negro by Emilio Salgari — Read

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Una vez que hubo salido de entre los islotes y sobrepasado el largo promontorio formado por los últimos contrafuertes de la sierra de Santa Marta, el Rayo se adentró en las aguas del mar Caribe, navegando con rumbo norte, hacia las Grandes Antillas. El mar estaba en calma. Apenas rompía su superficie una ligerísima brisa matutina del sur-sudoeste, que levantaba aquí y allá minúsculas ondas que rompían contra los costados del rápido velero del Corsario Negro.

Sobre las aguas revoloteaban multitud de aves que llegaban de las costas. Bandadas de cuervos marinos, aves rapaces del tamaño de un gallo, sobrevolaban las playas dispuestos a lanzarse sobre la más pequeña presa y hacerla pedazos aún viva. Rozando las aguas pasaban verdaderos batallones de rincopos de cola ahorquillada, con las plumas del dorso negras y las del vientre blancas, y cuyos picos tienen una forma tal que les obligan a sufrir prolongados ayunos, ya que si los peces no se introducen en ellos de forma espontánea estos desdichados volátiles difícilmente pueden llegar a pescar alguno, pues tienen la mandíbula inferior bastante más larga que la superior. No faltaban tampoco los rabijuncos, tan comunes en las aguas del golfo de México. Se les veía explorar entre el oleaje formando largas columnas y dejando colgar sobre la superficie las largas plumas de sus colas mientras imprimían a sus negras alas una vibración convulsiva no exenta de cierta gracia. Seguían atentos las evoluciones de los peces voladores, que saltaban repentinamente fuera del agua surcando el aire por espacio de cincuenta o sesenta brazas para volver luego a sumergirse e iniciar nuevamente su juego.

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