Explore "El tesoro de los incas" by Emilio Salgari on Textopian. Read with annotations and highlights.
La espantosa convulsión del suelo había reducido el gran subterráneo a deplorable estado. Las gigantescas pilastras, que sostenían las altísimas bóvedas y que poco antes parecían poder resistir los terremotos más formidables del globo, yacían en tierra, partidas unas en treinta o cuarenta pedazos, y desmenuzadas otras; las paredes, que quizá durante millares de años habían desafiado, sin conmoverse, el embate de las aguas y las erupciones volcánicas, habíanse agrietado y presentaban enormes hendiduras, y las bóvedas, que quizá también durante miles de años sostenían el peso de montañas y aun de ciudades enteras, habían cedido y embarazaban, con sus restos, las orillas y el río. El lecho mismo de las aguas habíase elevado a causa del tremendo impulso e inclinándose de tal suerte, que la corriente bajaba con furia irresistible.
En todo el espacio alcanzado por la luz de las lámparas no se veían más que montañas de piedras, fragmentos de roca, y peñascos enormes, que habían hundido el terreno y yacían, en gran parte, sepultadas, junto con trozos de pilastras y de bóveda.