Explore "Las hijas de los faraones" by Emilio Salgari on Textopian. Read with annotations and highlights.
Cerrada la entrada de la caverna con una losa para que durante su ausencia no se adueñase de aquella algún animal salvaje, ya que en aquella época Egipto se hallaba muy poblado de leones y de hienas, el sacerdote y el joven, uno junto a otro, se pusieron en marcha, volviendo sus espaldas al Nilo. El desierto, que mas tarde hicieron fértil tras muchos trabajos los egipcios, se abría ante ellos extendiéndose hacia levante. En realidad no era propiamente un desierto, como el líbico o el del Sahara, absolutamente árido y carente de vegetación, podía llamársele más bien una inmensa llanura sin cultivar, que desde sus márgenes del Nilo se extendía hasta las orillas del mar Rojo. En efecto acá y allá se elevaban grupos de palmeras dum, llamadas "árboles del alajú o del pan picante", que alcanzaban un desarrollo extraordinario con gran rapidez incluso en los terrenos estériles, y algunas palmeras deleb de tronco hinchado en el medio y que gusta más de la soledad, no apareciendo nunca en las selvas. Los chacales ululaban en la lejanía y vuelan, veloces como flechas, al aproximárseles los dos hombres, mientras que las hienas reían en medio de las dunas arenosas, sin atreverse a aparecer, ya que no disfrutaban en aquellos tiempos de mayor valor del que muestran hoy día todavía. La noche era maravillosa y tranquila, reinando en las llanuras egipcias una calma absoluta. La luna brillaba continuamente por encima de los bosques que bordeaban el Nilo, alargando desmesuradamente la sombra de los dos hombres. El cometa brillaba vivísimamente entre las estrellas, avanzando por un cielo purísimo, con una transparencia tal que solo puede admirarse en aquellas regiones. Ni Ounis, ni Mirinri hablaban: ambos parecían inmersos en profundos pensamientos. Solo el primero alzaba sus ojos de cuando en cuando hacia el cometa, mirándolo fijamente. El segundo parecía, a su vez, que seguía con la mirada algo que huyera ante él, tal vez la muchacha que le había hecho palpitar el corazón con tanta violencia desde que había nacido.
Habían recorrido ya bastantes millas, avanzando siempre por el desierto, cuando Ounis apoyó familiarmente una mano sobre el hombro del joven, preguntándole inesperadamente: