Las hijas de los faraones by Emilio Salgari

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Menfis, que fue la capital de las primeras dinastías faraónicas, mientras que Tebas la grande lo fue de las últimas, se alzaba en la margen izquierda del Nilo. Fundada por Menes, uno de los más grandes reyes egipcios, tras imponentes trabajos para detener las aguas del Nilo e impedir que invadieran la ciudad durante las crecidas, alcanzó rápidamente un gran esplendor, hasta el punto de convertirse en una maravilla para el mundo antiguo. Los egipcios, se ha dicho ya, fueron grandes constructores, que tenían a gala construir sus obras de un tamaño inmenso y con una solidez que desafiara a los siglos. En Menfis predominaba más que en otros sitios la grandiosidad, alzando templos colosales, que sostenían un número infinito de columnas, obeliscos monstruosos, palacios reales maravillosos y pirámides. La ciudad ocupaba un área inmensa, porque servía de asilo a centenares de millares de habitantes, extendiendo sus últimas casas hasta cerca de las arenas del desierto libio, sobre aquellas arenas traidoras que, según la siniestra profecía de Jeremías, tanto debían contribuir a su destrucción. Tebas fue maravillosa pero no pudo nunca competir con el esplendor de Menfis, que fue la más populosa ciudad del mundo antiguo, así como la más rica en monumentos y la más fortificada. ¿Cómo llegó a desaparecer a lo largo de tantos siglos aquella ciudad grandiosa, sin dejar apenas huellas de su existencia? Parece imposible, pero de todos aquellos monumentos colosales sólo han quedado hoy para demostrar el sitio donde se emplazó un día, algunas pirámides que resistieron juntamente con otros el ataque del tiempo, un pedazo de una estatua colosal que representa a Ramsés II y una necrópolis, la más antigua del mundo, de unos siete mil años aproximadamente y que a su vez es la mayor, de una extensión de más de sesenta kilómetros. Todo lo demás desapareció como si la terrible sacudida de un terremoto lo hubiese destruido; y lo que es más, incluso las ruinas de aquellos colosales monumentos han desaparecido. Allí donde un día se levantaba orgullosa la gran capital de los más poderosos y fastuosos Faraones, ahora no se perciben más que colinas de arena. Nada ha quedado de tanto poderío y la misma tierra, nutridora un tiempo de tantas generaciones desaparecidas, parece que esté agotada, ya que solo en los meses de marzo y abril, cuando las inundaciones le han prestado alguna vitalidad a sus venas desangradas, se cubre a duras penas de una magra vegetación, que los vientos cálidos se aprestan poco después a desecar.

La barca de Mirinri, o mejor de Nefer, arrastrada por la corriente que aumenta cada vez más, al abrirse más allá de la ciudad las innumerables bocas del delta, se aproximaba rápidamente hacia aquella imponente línea de grandiosos monumentos y de soberbios palacios, que se extendía durante millas y millas a lo largo de la margen izquierda del majestuoso río. El joven Hijo del Sol, siempre erguido sobre la proa, miraba a la orgullosa ciudad sin hacer movimiento alguno, ni pronunciar una palabra: parecía estar fascinado por la grandeza y el esplendor de la capital del más antiguo reino del mundo, dentro de cuyos muros almenados y formidables había abierto los ojos a la luz, pero que después de tantos años ya no recordaba. Sus facciones habían adquirido un aspecto casi salvaje y su boca semiabierta, aspiraba a pleno pulmón el aire de la inmensa ciudad que una fresca brisa empujaba, por encima del Nilo, hacia el norte. ¿Aspiraba el lejano perfume de la joven Faraona o el poder del reino, que su padre había salvado de las bárbaras invasiones de los asiáticos?

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