Las hijas de los faraones by Emilio Salgari

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Al día siguiente de la visita de Ata, Ounis, Mirinri y la muchacha, cogiendo cada uno un instrumento musical para fingirse músicos ambulantes, dejaban la casita hacia el mediodía, para dirigirse a la cita. Puesto que tenían que atravesar la gran ciudad, que se extendía muchas leguas a lo largo de las orillas del Nilo, Se pusieron en camino con tiempo suficiente, contando con llegar a las proximidades de la pirámide no mucho antes del anochecer. Salidos del barrio de los extranjeros, se habían metido en calles tortuosas que conducían al centro de la ciudad, flanqueadas al principio por miserables casuchas, formadas por cuatro paredes de tierra batida, con una o dos habitaciones destinadas a guardar las provisiones y un pequeño patio que albergaba el lecho y la cocina, ya que los pobres solían dormir a cielo abierto; más tarde aparecieron palacios de aspecto severo y líneas muy sencillas. Los antiguos arquitectos egipcios no empleaban demasiada fantasía en las construcciones de los palacios, ni se preocupaban por darles una robusta solidez, como lo demuestra el hecho de que ni una sala de aquellas estancias, destinadas a los ricos y a los grandes del reino ha podido subsistir hasta nuestros días. Lo que los egipcios querían eternizar eran los templos y los sepulcros; los primeros porque constituían casi fórmulas mágicas o acciones de perpetua adoración, gracias a las cuales propiciaban al dios; las segundas porque protegían a las momias y a las imágenes de los muertos, que eran el refugio de las almas sobre la tierra y porque su mudo huésped no podía perecer mientras subsistieran sus restos inviolados en las profundidades del sepulcro. Si bien no daban validez a sus palacios, sí les conferían una elegancia, con hermosísimos peristilos formados por delicadas columnas de madera que se elevaban hasta la techumbre; decoraban los techos con dibujos complicados, incrustaban en las paredes de los salones malaquita y lapislázuli y adornaban a esos mismos palacios con terrazas y patios de pomposos mosaicos, sombreados por inmensos tenderetes y refrigerados con surtidores arrulladores. Mirinri, que nunca había visto nada igual en el desierto donde se había criado, miraba con creciente admiración el esplendor y la grandiosidad de los templos, la altura de los obeliscos brillantes por sus dorados, las inacabables hileras de los palacios, y la amplitud de las plazas donde se erguían colosales esfinges cuyas cabezas recordaban a los gloriosos reyes de las primeras dinastías.

-¿Qué es lo que piensas de tu capital? -le preguntó Ounis, que no parecía admirarse por nada, como si Menfis le fuese familiar.

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