Las hijas de los faraones by Emilio Salgari

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El palacio real de los Faraones se alzaba fuera de la ciudad, en lo alto de una pequeña colina, la única que había en Menfis y que ocupaba un área inmensa, al estar toda ella rodeada de jardines magníficos que despertaban la admiración de los extranjeros. Era un gigantesco paralelogramo de techo plano, que tenía encima inmensas terrazas enlozadas de alabastro y cubiertas por enormes recipientes que contenían plantas olorosas, con cuatro puertas protegidas por bastiones sobre las que los arqueros montaban guardia por la noche. Visto de lejos tenía la apariencia de una enorme masa de piedra blanquísima, al estar construido con mármol blanco, aunque no tuviera más que una solidez ficticia, según se comprobó, puesto que no resistió la acción del tiempo, como las pirámides, y desapareció entre las arenas, derruido probablemente, sin dejar rastro alguno, pese a la afanosa búsqueda de los modernos egiptólogos. Se cuenta, no obstante, que disponía de salas inmensas, de maravillosa belleza, con las paredes y los techos incrustados de lapislázuli, los suelos de malaquita y las altas columnas cubiertas de láminas de oro e ilustradas con diseños de varios colores en su base y su capitel. Los cuatro esclavos nubios, al llegar al peristilo que custodiaban dos docenas de arqueros, depusieron en las brillantes losas el palanquín y descendió la hija de Pepi, ligera como un pájaro, penetrando en una amplia sala con el suelo de mosaico, las paredes de alabastro y el techo dorado, sostenido por cuatro columnas de jaspe. Una luz muy dulce, atenuada por cortinajes de colores que cubrían las ventanas, la iluminaba discretamente.

Nitokri la atravesó en toda su extensión y se detuvo delante de una puerta de bronce, ancha en su base y estrecha en lo alto, ante la que montaba guardia un guerrero, que sostenía en su mano un hacha muy pulida.

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