Los últimos filibusteros by Emilio Salgari

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Barrejo, como buen gascón, era un hombre de palabra, y como el apetito apretaba ferozmente a sus compañeros, todos estuvieron de acuerdo para prepararse la comida y devorarla, excepto en batirse, como era su costumbre. El perro, que debía tener un olfato finísimo para sentir a los enemigos a tan gran distancia, continuaba ladrando en la falda de la sierra. Seguía probablemente a algún cañón, quizás algo gastado, echándose tras los combatientes que, después de tantas marchas fatigosas, debían estar impacientes por acabar con aquellos inapresables aventureros.

Dos gallos de collar, perfectamente asados por De Gussac, que también era tabernero, atravesados en la baqueta de hierro de un arcabuz, constituyeron el plato fuerte del almuerzo. Pero Mendoza añadió un conejo muy gordo que, al tostarse, esparcía un olor exquisito, quizás peligroso, porque el can les iba sobre la pista.

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