Blanca by Tomás Carrasquilla — Read

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No tuvo el encanto de la media lengua, porque antes de cumplir un año articulaba con claridad admirable. Inventaba los verbos y los participios más extraños, rara vez usaba el pronombre de primera persona y sus declinaciones, así como tampoco la inflexión verbal correspondiente, sino que se llamaba a sí misma "La Niña". "La Niña tiene la bata rotada; La niña está librando (leyendo); álcenla, cárguenla". Su voz timbrada, armoniosa, con ese acento de la niñez que parece el capullo del habla, se adaptaba, sin embargo, a todas las modulaciones. Era una ocarina articulada y acariciadora de una belleza indecible. El alborear de aquella inteligencia, de aquel sentimiento, auguraba un carácter complexo, hondo, artístico, delicadamente femenil. Apenas si le gustaban las muñecas: lo predilecto, lo atrayente para ella eran los animales, las flores, los astros y, en general, la naturaleza; y por sobre todo esto aparecía el ideal: "La Virgen María".

Mamá la tenía en su cabecera con los ojos llenos de lágrimas y el corazón chuzado y de coronita; ella la había visto en la Catedral con su manto azul rodeada de muchachitos; ella la veía en la Vera-Cruz, como una señora de verdad, tan linda, tan preciosa, con aquel niño cargado; ella la veía en todas partes; mamá le había dicho que las estrellas y la luna eran el manto de la Virgen; las flores del jardín todas eran para la Virgen María, porque ella las había visto en los ramos de las iglesias y en el oratorio de mamá. La Virgen, la que le traía los niños a las señoras, y que si se los volvía a quitar era para guardárselos en el Cielo cobijaditos con su manto, como había hecho con Carlitos; la Virgen, la que le había traído el bebé a mamá, ese bebé que era un muñeco que comía y que chillaba y que no era un muñeco; esa Virgen a quien ella, y Albertico, y mamá rezaban por la mañana y por la noche; a quien ella quería ¡tánto, tánto!

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