Explore "Dimitas Arias" by Tomás Carrasquilla on Textopian. Read with annotations and highlights.
Amaneció aquel lugar envuelto en niebla tan espesa, que entre las cocineras que madrugaron a coger el agua en los chorros de la esquina del Cabildo, hubo choque y quebrazón de ollas y calabazos. El Sacristán, arrebujado en su bayetón, y en su manteo, el Cura, hicieron sonar los zuecos en las empedradas aceras y tocaron a misa; más de un perro, hecho una rosca, tiritaba por ahí contra alguna puerta; las vacas, echando vaho por todo el cuerpo, reclamaban sus crías en los cercados; éstas contestaban desde adentro, pero nadie salía a los ordeños; parajitos cantores no se oyeron, sino que la lora del Cura, después de pedir repetidas veces al lorito real que sacara la pata, entonó el Santo Dios con lengua más estropajosa que de costumbre. Despeinadas y flechudas, se andaban por todas partes las gallinas, escarba que más escarba, comadreando si Dios tenía qué; en tanto que unos puercos protestaban de la argolla y de la horqueta con gruñidos de amenaza, hociqueo en las paredes, estregamiento contra las esquinas.
No bien los tules aquellos se descorrieron, y el rayo amortiguado de un sol anémico despuntó por detrás de la torre, se abrieron los balcones de la casa de Don Juan y misiá Nicolasa salió a tender en la baranda los pañales del pequeñuelo; y detrás de ella, otras madres, que, a falta de balcones, extendieron los trapajos en taburetes, frente a las puertas de sus respectivas casas. Un capítulo de gallinazos, graves y meditabundos, que también asoleaban sus ropas en las alturas de la basílica y en el palacio municipal, se desgajaron cautelosos, atraídos sin duda por aquellas bayetas de parvulillo, mientras que otros, más muchachos y traviesos, se agolparon al frente de la carnicería, por ver si lograban una parvidad de piltrafa. Abrió el herrero la fragua; los de la renta, el estanco; señó Benjumea, el ventorrillo; Don Juan Herrera, la tienda; y principió el palpitar febricitante, el hervir de la gran metrópoli.