El hampón by Joaquín Dicenta — Read

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El primer viaje al fondo de la mina produjo en los nervios del neófito una ruda impresión, en la que el miedo, bravamente disimulado, hubo también su parte. Al atravesar el recinto minero, alumbrado por la luz violeta de la aurora, fue la curiosidad del nuevo cortador atraída por el espectáculo de la colmena jornalera, que zumbando y arremolinándose a la entrada del coto, la salvaba en montón para dividirse después en grupos que tomaban direcciones varias, según el lugar y faena a ellos correspondientes.

Iban unos grupos hacia los lavaderos, donde el vapor o la fuerza eléctrica ayudan a los trabajadores en el cernimiento y distribución del mineral; otros, a los lavaderos de brazo, donde el músculo es sola fuerza y la humana sangre único combustible; otros, pegándose a las vagonetas con apegamiento moluscular, las empujan por carriles angostos hasta engancharlas a las locomotoras que pitaban y recrujían, despidiendo chorros de vapor, coronándose de humo. Estos grupos penetraban en los talleres donde se funde el plomo y quema el aire, y la escoria líquida se arrastra por los quemantes canalillos en arroyos rubí; aquéllos, convirtiendo en bozal sus pañuelos, entraban en las cámaras condensadoras para recibir los besos mortales del arsénico; cuáles marchaban al desplate, a la purificación última del metal; quiénes, a las fábricas constructoras de balas, para moldear el plomo, para ponerlo a disposición de la muerte. Grupos borrosos se perdían en los desmontes, en las hondonadas, proyectando vagas e indecisas siluetas. El sol naciente, brillando como horno de salud bajo un cielo sin nubes, calentaba, vivificaba los seres y las cosas, proclamando, ratificando con el polen áureo de su luz la eternidad del mundo.

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