El lobo by Joaquín Dicenta — Read

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Para la gente del penal es martirio insufrible la severa disciplina que impone el director. No hace éste sino cumplir estrictamente con ordenanzas y reglamentos; pero los reclusos, acostumbrados a mayor tolerancia, maldicen de quien la trocó en rigidez.

El vino, que antes se contrabandeaba desde las rejas o entraba de oculto por mano de los recaderos, no halla ahora ocasión de meterse en los interiores del presidio; las barajas fueron decomisadas; nadie se atreve a reponerlas; la escuela no es ya mentidero libre donde se conciertan delitos y se preparan falsificaciones; los cacheos se hacen en regla; ni en hombre, ni en camastro, ni en muro se deja hueco por registrar. Suprimidos también quedaron el cobro de baratos y las esgrimas traidoras de alpargata y cuchillo. Con rigor se penan las burlas feroces que los fuertes hacen al débil en estos lugares donde la piedad es flaqueza y la crueldad orgullo de quien la ejercita, envidia de quien la ve poner por obra.

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